sábado 16 de abril de 2011
Cuento mío corregido
PUNTO DE INFLEXIÓN
Por Eduardo Valdivia Sanz
Empezaste a sentirte cansado en el momento en que encontraste a Suche, ese narcotraficante de maneras violentas en un pueblo del Ecuador con el nombre de Toma. En ese momento comprendes que cerca de cuarenta años han pasado, los tiempos lucen diferentes, el transporte de mercancías eludiendo regulaciones aduaneras no es ya un negocio que deje dividendos y el encanto de cruzar la frontera comienza a perder su atractivo. Adviertes que no eres joven Matador y, que los días en los que manejabas el camión International Harvester de tu padre han quedado atrás.
Era divertido llegar al mercado de Sullana, en aquella época no había tendido de electricidad salvo en unas pocas casas. Recuerdas los techos de estera de los puestos del mercado, estos parecen gigantescas sombrillas debajo de las cuales se refugian las vendedoras de frutas. Ahora que ha pasado tiempo, sabes que aquellas memorias se asemejan a las escenas de un carnaval, con todo, no falsees los recuerdos, son ilusiones para no aceptar la responsabilidad de una vida echada a perder. Con los años se idealiza hasta los hechos más deprimentes. Parece irreal que juegues todavía con la sensación de la luz filtrándose entre los resquicios de las esteras. Como si fuese posible abarcar una vida con la mirada, pretendes que el mundo del mercado era semejante a uno de los cuentos de Las mil y una noches, pero no, las circunstancias no ocurrieron de ese modo, todas tus memorias consisten en cuatro palos y un piso de tierra.
Recuerdas la excitación de conducir tu camión por las carreteras del Ecuador. Siempre que contrabandeabas, te acompañaba tu padre; él limpia su revólver y, como complemento de fuego, tú portas armas de largo alcance, es mejor estar prevenidos por la cantidad de bandoleros que rondan la frontera. Jamás abandonas aquella carabina Winchester cuya mirilla gradúas de tal modo que le das a una botella a una distancia de doscientos metros, sin embargo; a pesar de tus habilidades con las armas, tu orgullo es tocar la guitarra. No hay nadie por aquellos lados de la frontera que la rasgue con tanta pasión; alborotabas a todas las mujeres de La Tina hasta Macará.
Ahora que eres un hombre mayor, y que conoces que los años vividos son como un pestañeo de la eternidad, comprendes las palabras que una vez dijo James Dean: Muere joven, y serás un cadáver hermoso.
Ahí sentado en un restaurante de mala muerte, explorando los cajones de la memoria, pides a Brenda, mesera del local, que traiga una taza de manzanilla; la cecina de puerco del almuerzo no te ha caído bien.
La muchacha está ocupada y responde de mala gana; dice que esperes, está mirando una telenovela, es vano insistir cuando alguien persevera en la estupidez; alzas los brazos y remarcas: Mira en el mamarracho de hombre que te has convertido. Tú, Matador, el que no soportaba desplantes de nadie. Antes ningún macho podía rozar tu sombra ni con la mirada.
En la mayoría de los casos, los años vividos sirven para aprender la modestia. La arrogancia de la juventud no dura por siempre y un dolor de huesos lastima más que mil miradas de desprecio.
Maldices y te coges el vientre; la mala digestión llena de gases tu estómago y es forzoso el sabor del puerco en tu boca. Quisieras tomar un trago de anís para digerir la comida, pero no es posible, el licor perforaría tu tripa y haría sangrar las hemorroides. Quién hubiera creído, eres un desastre, aun así, pretendes juventud, te pintas el cabello y tomas maca con tal de sentirte bien, en todo caso, estás lejos de encontrar muchas razones para celebrar un año más; de hecho, sientes dolores por todo el cuerpo.
Qué majadería la de Brenda de no prestarte atención, si te hubiese conocido treinta años atrás, hubiera rogado que estuvieses con ella; un rictus de dolor aparece, los retortijones de tripas te matan y sospechas que no gusta de los hombres mayores.
Matador, el único secreto es estar en equilibrio. Siempre hay que entender el momento en que tu hora ha pasado.
Ten presente que antes la ropa se lavaba en el río y que el radio de transistores no existía. Eran otros tiempos, de numerosos hijos en la calle, de ceviche de caballa y de ropa que olía a humo.
Los comerciales aparecen, ahora sí tienes la taza de manzanilla. Mientras agitas el azúcar con una cucharita, un fogonazo de luz surge y regresas nuevamente a Sullana, tienes treinta años, estás recién rasurado y hueles a colonia Old Spice. Sales del cine y vas del brazo de Florita; la niña tiene ojos soñadores y un orgulloso trasero. Fueron a ver una película de Cantinflas, gracias a la simplicidad de la chica pudiste besarla, te gustaron sus labios, sentiste hormiguitas corriendo alrededor de tu boca. Pero en este momento, estás lejos de aquellos días. Recuerdas el gran convite que ofreciste después de la salida del cine. Fueron a merendar a un restaurante de medio pelo, le invitaste una taza de chocolate con leche y dos sándwiches de pavo. Florita está feliz, no cabe de gozo, la pobre merienda cada noche una taza de té y un pan con nada.
Luego de que escuchan en el radio el suramericano de fútbol, la llevaste a un hotel cercano. De todas formas aquello fue ayer, no tienes treinta años y ese hecho no se puede modificar. Los muchachos de ahora no usan gomina y tampoco parecen muchachos, por otro lado, no estás dispuesto a rendirte, ahí sintiendo que la úlcera te mata, sabes que tienes que actuar.
Por la hora, vislumbras que Suche debe de estar drogado. Adviertes que no es más que un pobre diablo que no está a la altura de las circunstancias. Es uno más, de los productos del mundo moderno y de las libertades mal ejercidas.
Seguro que alardea en este momento en alguna de las habitaciones del Hotel Parador; ahí tiene su cuartel. Es tan obvio que ni siquiera oculta que es un traficante. Sabe que lo protege la policía local y el dinero del cártel panameño. Teniendo en cuenta todo, sabes que lo vas a matar, no podrá huir de tu venganza.
Al pagar la cuenta del almuerzo, recuerdas una de aquellas películas de vaqueros en la que un pistolero sostiene un diálogo como este: Un hombre hace las cosas que tiene que hacer, ríes, y Brenda piensa que estás chocheando.
No te das cuenta de sus burlas. Tu mente calcula el siguiente paso que darás. Previniendo consecuencias nadie te gana, tienes una inteligencia privilegiada y conoces el arte de la planificación. Ensimismado, sales del restaurante para dirigirte a tu hotel.
El cubículo donde te hospedas es modesto, los lujos fáciles no te agradan, comenzaste a detestar el bullicio a partir del año sesenta y nueve, cuando los melenudos aparecieron en Sullana, aunque hablando con la verdad, aquella época fue buena para tus negocios. Comprendes que puedes vivir de los vicios del mundo; entonces empiezas a traficar con marihuana. Al principio, las drogas no son más que uno de los tantos productos que contrabandeas; no has captado aún su potencial. Con todo, tu momento llegó al empezar los años ochenta, cuando la coca fue demandada con fuerza al norte del continente.
Aquella época es una locura. De la noche a la mañana, los nuevos ricos de Sullana emergen ostentando su riqueza de un modo vulgar, camionetas Ford en la puerta, casas de tres pisos al estilo aluminio, baldosa de baño y vidrio polarizado. Así y todo, estás atento a los acontecimientos, sabes que un bosque no cobra vida en un día, tu juicio no se basa en las primeras impresiones por eso estás en boga a pesar de los años. Has visto derrumbarse a más de un contrincante tuyo, pero tú permaneces: Viejo es el mar y todavía se mueve.
Los narcotraficantes de Sullana vienen y parten iguales a las olas de una costa poco profunda; no eres como esos mequetrefes, con las tormentas se debe vivir, nunca luchas contra el viento, no eres un hombre necio para pelear contra fuerzas poderosas, por eso intuyes que esta vez tampoco saldrás del negocio.
Abres el clóset de tu cuarto de hotel; del perchero cuelga un abrigo, regalo de un holandés con quien tuviste negocios de exportación de café; era la fachada para traficar cocaína desde el puerto de Paita hasta Amsterdam. En el día que se fue Leeuwarden, él no dejó solo una cuenta en Nassau, dejó también ese abrigo, dijo que algún día te iba a ser de provecho.
En aquel momento no comprendiste sus motivos, pero en este momento comprendes la razón de sus palabras, era para tu hora final, cuando tomarás la decisión más importante de tu vida.
Abres una maleta de cuero marrón, encuentras dos escopetas recortadas, calibre doce; es el arma que necesitas; llaman a la puerta, es Perry, tu hombre de confianza. Dice que afuera preguntan Moco y Mofle por ti, traen un mensaje de Suche. Respondes que irás pronto. Perry sale despacio y cierra la puerta como si dijese adiós a un muerto.
A la hora convenida, Perry ve que partes, cree que no regresarás, respeta tus decisiones, sabe que quienes trabajan para ti no deben saber más que tú y que no comprendan nada que no puedan estar a tu lado.
Llegas al hotel Parador, el establecimiento está decorado con espejos de pan de oro y paredes de colores chillones, los pisos están tan encerados que puedes ver tu reflejo. Apoyado junto al mostrador está Moco, tiene un chupetín que saca y mete de su boca, viste pantalones anchos, una camiseta con el estampado del número sesenta y dos, que por azar es tu edad. Sonríe como un idiota, sus ojos están vidriosos; está drogado, no verifica si llevas un arma. Subes las escaleras, el pico de loro de la cuarta vértebra se manifiesta, te duele la espalda. Piensas que los años no implican sabiduría, que la única realidad que se tiene asegurada es el dolor de la carne, que la fragilidad de la vejez es real, que todos los días de sol no son suficientes para el momento en que la piel se arruga y el andar se vuelve pesado, que cuando entiendes la manera correcta de vivir el cuerpo se convierte en enemigo. Pero tú, Matador, desvaneces tus pensamientos, no estás para filosofías, otros son los negocios que te traen al hotel.
Dejas de divagar, ves que el pasadizo es estrecho, el suelo es de parqué, al fondo del corredor está el despacho de Suche. A pesar de encontrarte a cinco metros de la puerta, escuchas esa música que te molesta. Es Sister of Mercy, no los conoces, pero los chicos de Suche gustan de las ropas góticas, del tecno industrial, de las pepas de éxtasis y de ver mucho Mtv.
Una mano huesuda abre la puerta, entras, ahí está tu enemigo. Tiene el cabello con coleta, patillas de chulo y viste de blanco y negro; al costado de tu Némesis hay tres mujeres vestidas de cuero; una es morena, ostenta un cuerpo perfecto. La segunda es oriental, su cabello es lacio y brilla como el acero de una navaja. La mujer de piel dorada sonríe con los ojos de Buda, sientes la corriente por la espalda, es el frío de acercarte a los bordes del ser, por qué tienes miedo Matador, si a todos nos pasa igual, cómo pensaste que sería el momento de tu muerte. La tercera mujer es blanca, delgada, sus ojos parecen un mar furioso, en ese mar encuentras la respuesta; no es tiempo de morir.
En el otro lado de la realidad, vuelves a ser el traficante, el hombre que se pregunta cómo semejante imbécil puede conseguir aquellas mujeres tan guapas. Simple Matador, tu rival es joven y no está dispuesto a esperar a que los árboles den su fruto.
Suche ríe, dice: por qué has venido; no cree que seas tan estúpido para no comprender que va a matarte, agrega que eres un viejo bonachón, le recuerdas a su abuelo. Por eso te da otra oportunidad, respondes con un silencio turbador y lo miras como si fuese una de tus mujeres. Agrega que no lo mires, le molesta tu confianza.
Ríes al levantar los brazos, fue rápida la diligencia, no sintió nada cuando cayó perforado por los pedazos de metal. Más allá de tu piel, el mundo corre despacio; los cuadros de la existencia son pastosos, diluidos en una eterna náusea: las mujeres gritan, ellas se limpian la sangre que ha salpicado sobre sus cuerpos; los colores devienen en grises, blancos y negros. Quedas paralizado como si no fueses parte de la venganza. Detrás de ti, se ha abierto la puerta, sigues sentado, alrededor las metralletas traquetean, la pieza se ha convertido en un remolino de cristales, en medio de esa confusión aparece Perry con los muchachos, tu gente te respeta y no hay todavía nadie que calce tus zapatos, han transcurrido cinco segundos y la función ha terminado, has ganado, Matador, en esta ocasión has ganado, sin duda el mañana traerá otras pruebas.
