sábado, 18 de mayo de 2013

Cuento, corregido




El hincha
Por Eduardo Valdivia Sanz
Este sábado 25 de mayo, a las cinco de la tarde, se juega la final del torneo descentralizado de fútbol en el estadio José Díaz. A partir del medio día llegan los acérrimos de la cancha y la pelota al bar de don Pablo, escondrijo del barrio de Santa Beatriz que data desde los años setenta.
Mi viejo me trajo seguido a este sucucho de paredes repletas con afiches de jugadores fútbol y de cabareteras del programa Risas y Salsa, para que tomara mis Fantas y comiera mi cebichito de toyo. Hacíamos la camita antes de que entráramos al estadio y viéramos las eliminatorias para el mundial Argentina 78.
Papá murió pero el barcito de don Pablo queda. Quizá por esa razón sentimental, vengo con mis amigos que alguna vez vivieron por la cuadra cuatro de la avenida Arenales.
Aliento al club de fútbol Alianza Lima, siempre que me lo permite mi labor de funcionario público:
—¡Oye poeta, los chanchos no vuelan! ¡Ponte un par de heladio reyes para la tegen!
Era el negro Martínez, taxista de un viejo escarabajo, que si rueda todavía por las calles de Lima es porque Dios es grande y porque la gasolina barata de Alan García permite que al negro Martínez le queden todavía suficientes Intis con los que pagar el salpicón de pollo.
Mala suerte de los borrachos, en estos días, de bombazos de Sendero Luminoso y de apagones en las calles de Lima, una botella de cerveza cuesta más que un galón de gasolina.
—Ya negro, ven y siéntate con tu choster, Marco.
Llegué primero, los que toman solos es que ya se le volaron los patos o andan de males de amores.   
Escapábamos del trabajo y de la bruja y aterrizábamos en el barcito de don Pablo. En las cuatro paredes de ese tugurio de mala muerte, nos sentimos otra vez muchachos de barrio, sin otra preocupación que no sea la del fútbol.   
—Ya Vallejito de las cantinas, suéltate un poema no apto para señoritas.
—Je je, mis versos cuestan negro feísimo. Cuestan por lo menos otro par de cervezas.
—Ya poeta, si gana Alianza el campeonato descentralizado, te pago un jonca entero.
Declamaba mi primera copla cuando irrumpen en el bar de don Pablo Joselito Maldonado, Jesús Oquendo y el Pedorro Zavaleta.
El negro pone su cara de pendejo.
 —Ahora sí que nos jodimos. Pedorro no empieces con tus caldos pestíferos cuando pidamos una ronda de choritos a la chalaca.
—Pucha negro, uno recién llega y ya le cae la maleta.
—Sí Pedorro, suavena nomás con el trago—dijo Oquendo—. Qué la última vez no solo ofreciste una sinfonía de pedos, sino que te buitreaste también el taxi del negro Martínez.
—Calma, calma señores, que hoy día el señor Zavaleta no se tirará pedos. Tiene puesto un corcho en el culo—dijo Joselito.
Tomada una caja de cerveza y aplacado el calor de la tarde de verano, el grupo recuperó la calma.
Vi una silla vacía y, por primera vez, noté que faltaba Espinosa; el hincha: empleado del Banco de la Nación, comprador convulsivo de todos los periódicos deportivos; conocedor a muerte de la historia del club Alianza Lima.
—¿Y qué pasó con el hincha?—pregunté.
Surgió un silencio de tumba alrededor de la mesa.
—Claro no sabe nada—dijo Oquendo—. Poeta no es como nosotros que no nos perdemos un partido del descentralizado.
Cuenta tú, Maldonado. Eres el más serio para estas cosas.
Ocurrió durante el partido entre Sporting Cristal y Alianza Lima. Fue horrible, Chocherita. El hincha, tú sabes que muere por el fútbol. Nunca falta al estadio. Sabes que está casado con esa colorada de Loreto, Katina. Esa hembra, que es tan buena como un sanguchón de chancho con camotes fritos, no estaba contenta con el hincha.
Parece que el sueldo del marido le quedaba corto. Parece que Espinosa luce  rabo corto. El caso es que una tarde de sábado, a medio camino del estadio, el hincha olvidó la entrada en la mesa del comedor.
Cuando volvió por el boleto para el partido entre Sporting Cristal y Alianza Lima, a su mujer la abrían de piernas en la cocina. Gritaba como artista porno de película italiana. El Árabe la ensartaba como anticucho. Muchachos ustedes conocen al Árabe, ese gigante de la tienda de ropa de la avenida Gregorio Escobedo, el que tiene una fábrica de telas por Luna Pizarro.
Sabrán que la muy pendeja, cada vez que el hincha venía al estadio. Le daba por soplarle el pito a un señor que no era su marido.
El hincha enloqueció y quiso matarlos. Pobre tipo, es un alfeñique. El Árabe le desfiguró el rostro a patada limpia.
Los vecinos del edificio de Espinosa se enteraron del escándalo. Ahora ocurre que el hincha odia el fútbol y pidió su cambio de Lima. Se ha ido a Trujillo.
Cuando terminó Maldonado, apuramos el vaso de cerveza y deseamos que no hubiera un Árabe en casa.           

miércoles, 15 de mayo de 2013

Cuento


El polvo del olvido
Por Eduardo Valdivia Sanz
Pronto cumpliré catorce años y me marcharé lejos de mi padre. De mi piso de treinta, repleto de botellas de morapio y de esas revistas Mundo Hispano, que mi padre colecciona como hombre obsesionado con los días del dictador Franco.
No soporto que papá odie a los guiris sudamericanos que viven en el edificio.
Me simpatizan, escuchan todo el día esa música que ellos llaman cumbia, me regalan hojuelas de banano frito que les mandas sus familiares. Además mamá era peruana, no sé porqué los odia tanto.
No soy ni más lista, ni más alfalfa que cualquier otra chica de ciudad, ambiciono un piso en Fuentelarreina, sueño con los veranos en Alicante.
En una lata de galletas, guardo recortes de fotografías de las cosas que algún día compraré.  Esa lata de galletas, me la regaló mamá antes de que la mataran unos yonquis en el metro.
Dejo mis lágrimas en el papel, escribo poesías tontas que nadie lee, aparento felicidad enfrente de la psicóloga del colegio.   
Mi calle de edificios de seis pisos y de alameda de palmeras cobija una tienda de antigüedades como luz en una calle oscura. El dueño del comercio de figuras de marfil y de teteras de plata se llama Arón.
El viejito padeció la invasión de Polonia, los nazis lo enviaron a un campo de alambradas y le asesinaron a Ruth, su esposa.
Sobrevivió a la guerra, supo que los helados de fresa traen recuerdos, que la luz del sol carece de rival.  
Arón no molesta a nadie, a pesar de que los cabezas rapadas le gritan judío lárgate de España. El viejo los mira con una expresión extraña en la que se mezclan la exasperación y cierto aire compasivo.  
El viejo sabe que esos fachos, de botas militares, son niños asustados, que se refugian en el odio. De ese modo tonto justifican el fracaso de sus vidas. 
Papá teme a la voz del viejo, le teme a esos números tatuados, en el brazo del anticuario.
Arón mira a papá de un modo que le quita todo el vino de la sangre.
Papá no puede contra esos ojos que brillan intensos, fuertes, llenos de vida.
El anticuario lo toca con la mirada, para ese momento mi padre ya olvidó el coñazo, papá siempre se queja de sus fracasos, y él no sufrió los problemas de Arón.
A mi padre le molesta mi amistad con el anticuario, odia que me enseñe alemán, que me preste libros y tebeos del Corto Maltés.
Me doy cuenta de la debilidad de papá, Arón parece un gigante que lo coge entre sus dedos y no lo aplasta.  
Cuando llego a casa papá me suelta hostias, papá no actúa con grandeza, parece un ratoncito que busca la mejor ocasión para clavarme los dientes.
Llega en la oscuridad mientras duermo, me despierta y me da bofetadas. Ahí creo que se siente grande, poderoso. Golpea otra vez y siento su aliento alcohólico. De ese modo arregla las cuentas con la vida y se venga de la aparente felicidad que goza el anticuario.  
Me da pena mi padre, tan bruto y cabezota. Sé que los hombres del taller donde curra se ríen de su calvicie, le dicen que mamá le ponía los cuernos con un marinero inglés.
Por eso no lloro, templo mi carácter, como me ha enseñado el anticuario. Sé que algún día partiré a Hong Kong en el velero del Corto Maltés.
Una mañana que papá salió de compras, una señora de grandes ojos y de cejas pobladas tocó mi puerta. Era mamá.
Me dijo: te llevaré a tu nueva casa, ve por tu lata de galletas. Nos iremos lejos.
Ese día antes de que partiera, visité por última vez a Arón. El viejito me entregó una carta y rogó que se  la lleve a Ruth, lo abracé y le dije adiós.
Ahora mismo me han salido alas y no siento tristeza. Cuando el viejo Arón duerme, converso con él. Todo el tiempo le traigo cartas de Ruth.
Sin embargo; una realidad comienza a inquietarme, cuando me quedo dormida sueño que aparezco en una pieza de ventanas con barrotes, me visitan unos hombres con batas de médico. Esos hombres me dicen que a mi padre le clave un cuchillo, que el viejito Arón no existe, que mi cabeza construye ilusiones. Pero no les creo porque cuando despierto extiendo  mis alas y esparzo en el aire, con mi varita mágica,  un polvo dorado; quizá el polvo del olvido.   

viernes, 3 de mayo de 2013


(Inspirado en el cuento de J.L. Borges, Un teólogo en la muerte)
La muerte y el aprendiz de político
Por Eduardo Valdivia Sanz
Cuando falleció Luciano Danés, director del hospital Daniel Alcides Carrión, los ángeles del oscuro le suministraron en el otro mundo un hospital similar al que había dirigido cuando se encontraba en la tierra.
A todos los recién venidos a la sexta dimensión, les ocurre lo mismo y, por eso, creen que no han muerto.
Danés no aceptó que había muerto ni cuando vio su ataúd en las gradas de la entrada del hospital Daniel Alcides Carrión, que lo pateaba, un grupo de sindicalistas enardecidos; ni cuando caminando por los pasillos del área de Cuidados Infantiles, vio que colgaban del cielo raso unas tripas sanguinolentas. 
Aquella mañana de febrero, de la visión surrealista, creyó que se trataba del cansancio y de la tensión emocional acumulada. 
Durante las últimas semanas, por los canales de la televisión regional, el secretario general del sindicato de trabajadores hospitalarios propagó que el director Danés era un incompetente, un racista, un oportunista político a quien le importaba poco o nada los derechos de los trabajadores…  y que, por tales motivos, el presidente regional debía destituirlo.
Danés olvidó el incidente de las tripas y continúo con sus actividades cotidianas, como si no fuera un hombre muerto, y, más bien, empezó una campaña periodística en la que, valiéndose del dinero de los proveedores del hospital, responsabilizaba a sus colaboradores más cercanos de los problemas con el sindicato.
Los demonios de la sexta dimensión notaron esa falta de arrepentimiento en sus palabras y enviaron unos íncubos, de orejas puntiagudas y de ojos hundidos, disfrazados de periodistas para que lo interrogaran:
—Yo he demostrado, que no se está incurriendo en fraccionamiento. La empresa encargada de la vigilancia del hospital sí tiene el RUC en orden. Es totalmente falso que no tenga la autorización de la DICSCAMEC.
Esas palabras las decía de manera altanera, y no aceptaba que la sexta dimensión era un mal lugar.
Cuando los ángeles malos oyeron su discurso, se regocijaron de la perversidad del nuevo inquilino.  A los pocos días las paredes del hospital se mancharon de cal y sangre. Su misma ropa se envejeció y cuando se miraba en el espejo veía un rostro malvado, que miraba de un modo cruel y malicioso.
Seguía, sin embargo, culpando a sus colaboradores. Los torturadores de la sexta dimensión lo promovieron a una cueva donde  colgaban encadenados del cuello unos cuerpos que tenían las piernas gangrenadas.  En ese inquietante lugar, el aire estaba lleno de humo, cada pulgada de la atmósfera, hedía. Sintió terror y, dudo, si él era el responsable de los actos de su vida. 
Los demonios vislumbraron una señal de arrepentimiento y permitieron que regresara a su antiguo hospital, pero a los pocos días imaginó que todo lo vivido había sido su imaginación y continúo culpando a los demás. 
Una mañana de abril sintió frío. Recorrió el hospital y comprobó que varios de los ambientes ya no correspondían a los que había en la tierra. Algunos contenían instrumentos de tortura, en otros solo había cuerpos, desnudos, apiñados, unos sobre otros. Otros ambientes no habían cambiado pero sus ventanales daban a grandes medanos, donde se agrupaban centenares de personas con los ojos cocidos con alambre de púas.
El auditorio del hospital estaba lleno de personas que lo adoraban. Esa adoración de las tinieblas le agradó, pero como algunas personas tenían los ojos cocidos con alambre de púas y otras parecían muertas, acabo odiándolas y desconfiando que, tal vez, no se encontrara en el hospital Alcides Carrión.
Danés recibía muchas visitas de políticos recién muertos, pero sentía vergüenza de haberse traicionado tanto y de haberle hecho el mal a tanta gente, así como a esa secretaria que le quitó su trabajo porque no accedió a costarse con él, así sin importarle que la chica era madre soltera y que era la única que velaba por la seguridad económica de su familia.   
Para darles la ilusión, a los políticos recién muertos, de que era el líder todopoderoso del Alcides Carrión, se arregló con un brujo del auditorio y este engañaba a los visitantes con simulacros de poder y de auto control. Apenas las visitas se retiraban reaparecía la sangre en las paredes, y a veces un poco antes.
Las últimas noticias del director Danés dicen que el brujo y uno de los hombres, de ojos cocidos, lo llevaron hacia el desierto de Jezabel; trata con los íncubos más nauseabundos de la sexta dimensión para permanecer en el poder y que ahora mismo es como un sirviente de los demonios.


Literatura independiente





Un asunto de conveniencia
Por Eduardo Valdivia Sanz
La ciudad de Lima parece tranquila luego del golpe de estado perpetrado por el comandante Arcadio y su movimiento de las juventudes bolivarianas. El humo gris de los incendios se ha disipado.
Los saqueos dirigidos a las delegaciones diplomáticas ya terminaron con las primeras sombras de la noche.
En el despacho de monseñor Santillana se resuelve la política que adoptará la iglesia por los disturbios que conmocionan a la prensa mundial:
—Excelencia, si usted publica esa declaratoria de principios, desencadenará consecuencias que no vislumbramos—dijo el reverendo Tomás Oviedo, secretario del cardenal Santillana—.Los bolivarianos nos atacarán. Su prensa proclama que implantará un estado laico.
—De qué le sirve al hombre ganar el mundo, si a cambio pierde su alma.
El sacerdote Oviedo lo miró con los ojos entornados y maldijo al cardenal.
Iluso, soñador; pensó.
Oviedo ha sido huérfano, la iglesia católica constituye su única familia. Por el patrocinio de los Martinicos, abandonó la pobreza en la que vivía cuando era niño y, gracias a una beca concedida por el arzobispo de Piura y Tumbes, estudió teología en Italia.
—Se hará como usted indica, excelencia. Contactaré con la CNN.
El secretario sale del despacho de monseñor Santillana y calcula a cuánto se eleva la probabilidad de que una banda de las juventudes bolivarianas arroje bombas incendiarias contra el edificio del arzobispado.
Oviedo rumbo hacia su habitación, en la planta inferior del arzobispado, contempla con claridad el acontecer político de las últimas semanas: el asesinato del presidente del congreso por un escuadrón de la muerte, la nacionalización de la banca y de todo el sector energético peruano… No desperdiciará un minuto más. Esa misma noche parte del país.
Con las manos temblándole, Oviedo abre una caja de seguridad, a lo lejos se escucha el ladrido de unos perros.
Oviedo cuenta uno a uno los dólares que ha venido sustrayendo del fondo de donaciones que administraba para el Puericultorio Pérez Araníbar.
Mientras se quita la sotana, suena su teléfono celular.
— ¿Consiguió el dinero?—preguntó una voz áspera.
—Cinco mil dólares en billetes de cincuenta.
—A las tres de la madrugada, será la cita...
Caminando sobre las puntas de los pies, Oviedo sale del arzobispado.
Carrasco, el vigilante del arzobispado, no se inmuta por la salida del sacerdote ni por lo avanzado de la hora.
Carrasco conoce las debilidades del secretario. 
El sacerdote divisa el automóvil negro del coronel Paúcar estacionado enfrente de la sede del Municipio de Lima.
Carrasco, encapotado, en su abrigo militar, sonríe:
—El curita sale de putas. Que te aproveche, pendejo. El mundo se va a acabar.
Oviedo, delante del automóvil negro, espera:
—Suba—rugió, la voz del coronel.
Oviedo mira los ojos de reptil del militar:
— ¿El dinero?
—Está ahí, en este sobre.
El oficial arrancha un sobre amarillo. Paúcar cuenta los billetes.
 —Aquí está el salvoconducto firmado por el mismo comandante Arcadio. Mi chófer lo llevará hasta la frontera chilena: usted se las ingeniará para cruzar sus garitas de control.
El coronel aprieta la sonrisa hacia la izquierda. No le tiende la mano.
2
Al automóvil del coronel Paúcar lo detuvieron repetidas veces durante el trayecto hacia la frontera chilena.
El gobierno revolucionario ha ordenado el estado de sitio en todas las regiones militares del país.  
Soldados con pañuelo rojo en el cuello han levantado numerosas barricadas a lo largo de la autopista al sur.
Al reverendo Oviedo le tiemblan las comisuras de los labios cuando el automóvil negro se detiene por primera vez.
La vergüenza que siente por su cobardía se torna en odio contra sí mismo y recuerda los días cuando era niño y, en Piura, correteaba por los jardines del orfanato San Juan Masías:
—Si te das cuenta Pepito—dijo Tomás Oviedo—, a las tres de la tarde, la hermana Concho se reúne con las demás monjitas: rezan el rosario.
Pepito sonríe.
—Tú entras y coges la carne seca. Silbaré así, como los Chilalos. Si es que vine una monjita.
—Y eso, ¿no es un pecado?
—No tontito. Significa que nos quedamos con hambre. El niño Jesús nos perdonará.
Pepito Corilla entra en la bodega, atestada, de repisas de madera gris.
Sentado enfrente de la bodega, Tomás se relame con el sabor de la carne seca; pero, el rosario de las tres de la tarde no se desarrolló como de costumbre; a la hermana Gertrudis se le bajó el nivel de glucosa de la sangre y sufrió de un ataque de diabetes. La hermana Concho regresó a la bodega, por una botella de zumo de naranjas.
—Oviedo, ¿qué haces ahí?
—Nada hermana, busco al conserje. Se ha malogrado el baño del refectorio.
Cuando cesan las palabras de Tomás, sale Pepito de la bodega, con cinco grandes trozos de carne seca.
A Pepito lo castigan y a Oviedo no lo reprenden. Yendo en contra de lo esperado, lo nombran ayudante del jefe de mantenimiento...
Cuando llegó la luz del día en la autopista al sur, detuvieron por sexta vez al automóvil del coronel Paúcar.
El chófer presionó un botón sobre la superficie del volante y el cristal que separa el asiento de los pasajeros con el del conductor desciende.
—Padre, baje. Un mayor de la secreta verificará la fotografía de su salvoconducto.
—Pero el coronel dijo…
—Baje, padre, con los de la secreta no se razona.
El sacerdote respira confiado; guarda en sus bolsillos cuarenta mil dólares.
El frío de la autopista que cruza cerca de la ciudad de Moquegua estremece sus huesos. Siente un hueco en el estómago, cuando ve un rostro conocido: Pepito Corilla es el mayor.
Los cuarenta mil dólares los repartieron entre la tropa de Corilla, ninguno de los hombres del pelotón se opuso cuando el mayor disparó su fusil Kalashnikov contra el rostro del sacerdote. Oviedo quedó tendido sobre la carretera: nadie reclamó su cadáver. 

sábado, 27 de abril de 2013



April revelatio


Cum repente mane ostia
Fraxinus non aperire fenestram mea falce
et risit in faucibus meis crystállum deserto,
igitur
lustrata rota temporis quasi stupa
Pabulum mortis in singulis CARDINATUS carceribus
seductor ille toro magni jump
et devoravit glandes brachium lugere.

Cum flumine impeditum facit
nam libertarians,
Angeli sancti liberantur
omnes respondent vocibus inferos,
Mandinga discessit festinanter: angelus meus equestrem,
Manhattan ad explorare,
magnum lumen et ossa arce
beatus collecta oculos meos, et desiderium peccatorum
Mandinga, intrat antro rem infamem
Mandinga, adiuncto vestro mendacio, ut cornibus meretricis magnæ Jade.

Meos, et catenas: et vestitus circum collum ex corio rubro,
appendique eis minutes voluptatis ad interficiam manibus vestris,
mulierem meretricem magnam, fumus albus ruptis in profundum meus vertatur
tripudiis, busty meretricis,
Filius meus carissimus vis choro,
sed ubi speculum noctuam tulit eam
Ulcera ex risu in utero eius,
submerserunt non secantes adsunt infantes
putridam carnem in literature.

Dilectus gladium suum acuit,
pus petrarum adhuc vivere
aspiciemus in prævaricatrix
Palmarum cum cerussa;
quidam wetbacks manes
nubilus amne
et capitibus erant ignes recreantur infidelis tyrannorum;
hominem in rubrum shirt memoria sciverunt
quod rueret coelum et botrus bombs.

Nightmares superficies in fluctibus truncatis;
asperi montis applicarent diripiet
partus off mortem in agro hamatis filum,
socialist tantibus rota vanitati itinera
comedas et verba filiorum;
de profundo pelagi furoris mei politica brachium emergit,
tigris de ore magnum ovium.

Cum subito sole lustratur imperiis infinitis
lacte et aridae feminis petram,
Me misit exercitum in campo;
Magia aut ab tyranno fugiens munera
insula est in loculo in absconditum.

Expergiscere, o imperatore quattuor-stella, ad navem
oneris mei aureum ignis, caritas mea oneratis homines,
operario agri de oranges
somnolentus vitam relinquere, in qua requiesceret;
bombs matre decidere;
stans tantum reliquit ossa skyscrapers
Sunt autem civitatibus quae pendent a vindictam meam